«Milicias campesinas», de Servando Cabrera

Durante años pensamos en este momento como un escenario que jamás llegaría: el borde del abismo, el vacío que nos mira en silencio, la risa cínica de la guerra, el frío aplastante de la muerte. Nos imaginamos como pueblo libre ante la encrucijada de la violencia imperial o su yugo perpetuo, como en Girón y la Crisis de los Misiles, y creímos que ese día nunca más iba llegar, y que solo conoceríamos los momentos de heroísmo y sacrificio en las páginas de los libros de Historia y en los cuentos de juventud de nuestros abuelos.

Repetíamos los versos de Villena, y nos lamentábamos de que tampoco en nuestra época quedara nada grande por hacer. Nuestras mayores preocupaciones eran las desigualdades sociales, las chapuzas diarias, la deriva burocrática del gobierno y la apatía de unas masas demasiado cansadas para crear y soñar. Nos dolía Cuba, pero no conocíamos aún el verdadero dolor de contemplar a la patria en sus horas más oscuras, en los momentos definitorios, cuando los caminos de la Nación podían estar llegando a su último tramo.

Todo eso cambió el pasado 3 de enero, durante el ataque norteamericano a Venezuela. Mientras las balas yanquis destrozaban el sueño profundo de Caracas, y 32 hermanos nuestros daban su vida en defensa de una revolución que hicieron suya, resurgió para Cuba la amenaza de la intervención militar, y de la estela de muerte, destrucción y guerra civil que dejaría esta sobre nuestro suelo.

A partir de entonces, la vida, los planes cotidianos y las frustraciones han ganado muchísimos matices para quienes habitamos esta Isla. Todo parece igual que antes y, sin embargo, nada ha dejado de cambiar y cambiarnos. Hoy tenemos, quizá, una idea mucho más clara de cuán hermosas son la dignidad y la paz, y sentimos sobre nosotros la amenaza constante del vecino que desea plantarnos la bota encima. 

Es cierto que muchos cubanos han decidido ponerse del lado de los viles, y que otros aguardan en silencio y barajan sus opciones, para apostar al caballo ganador; pero también es verdad que al país le han nacido miles de mambises dispuestos a dejarse la vida bajo el grito de ¡Cuba Libre!, y que el paso arrollador de los buenos nunca será contenido por la traición, el oportunismo y la mala entraña.

Durante años repetimos aquella vieja consigna de «Patria o Muerte». Hoy, en la hora del peligro, toca demostrar que lo decíamos de verdad, que no importa cuáles sean las intenciones del Imperio, acá estaremos para repetir la gloria de Peralejo y de Baraguá, porque el mundo cambia, pero la libertad, la solidaridad, el amor y el heroísmo caben todavía en el ala de un colibrí. 

Y si llegara el día en el que, como en la canción del poeta, el aire tome forma de tornado, que nadie dude de que muchos cubanos sabremos ser consecuentes hasta el último hálito vida, por nosotros, por la Cuba que dejaremos a nuestros nietos y por ese canto tierno y desgarrador de la patria, que sigue siendo nuestro canto. 

Colectivo Editorial Punto y Aparte 

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