Ilustración: Kathia Recio

Si de crisis se trata, las cubanas y los cubanos estamos más que acostumbrados a ir resolviendo y resistiendo a través de los años. Si no hay corriente ni gas, se busca carbón; y si no, leña… Se aprovecha hasta la cáscara del plátano. Todo lo que sea posible se hace, se pasa y se espera, porque «esto tiene que mejorar algún día», como le escucho decir a mi abuela desde que tengo uso de razón. Pero, ¿qué pasa con aquello que no podemos «resolver», con eso que inevitablemente se nos va de las manos?

Ana, una amiga de años, me escribió hace unos meses a raíz de un debate público que tuve sobre el aborto y las condiciones en las que se encuentra hoy ese derecho en Cuba. Una Cuba en crisis donde interrumpir un embarazo ha caído en la lógica del «se puede resolver» para algunas, y para otras, no tanto… No hay forma, y punto. 

Me cuenta que en su caso fue al hospital de Ciego de Ávila desesperada: «Llegué y no había reactivos para los análisis que me pedían. Luego de dar miles de regalos para podérmelos hacer, me dieron un turno para seis semanas después. Con el tiempo que ya tenía, era muy arriesgado esperar tanto para hacerme el procedimiento, al punto de que casi se pasaba de lo establecido para abortar». 

Ana cuenta que, dentro del mismo hospital donde resolvió los análisis, le aconsejaron ir al salón de legrados ese mismo día, independientemente de la fecha del turno, porque el médico de esa guardia podía «resolverle». Al llegar y explicar su situación, le respondieron que la máquina de hacer regulaciones no estaba funcionando y nada podían hacer. Ella esperó. «Te quedas hasta el final, digan lo que digan», le habían aconsejado, y se mantuvo ahí, junto a otras seis mujeres que ya estaban en cola cuando llegó. 

Al cabo de unas horas, la enfermera salió y las empezó a atender como si nada… y entonces, «milagrosamente», todas resolvieron. El milagro costó 12 000 pesos, explica. Eso fue lo que le dijeron que debía llevar si se quedaba.

Yo, después de leerla, me he preguntado cuántas Ana hay hoy en Cuba. Y lo que más duele, como mujer nacida y criada en un país socialista, ¿cuántas mujeres han asumido un embarazo no deseado por no poder «resolver» uno de estos abortos? ¿Cuántas no pueden ser «Ana» en Cuba? 

Este testimonio es uno de muchos. No resulta un caso aislado. Al hablar con otra compañera de militancia que abortó en fechas más recientes sin grandes trabas, me comenta que en su caso lo sorprendente era comentarle a otras mujeres sobre la experiencia y que muchas le preguntaran, como la cosa más natural del mundo: «¿y cuánto te costó?»

Es inadmisible un solo caso de comercialización del aborto en la Isla. El aborto voluntario y gratuito fue aprobado en Cuba por el Ministerio de Salud Pública en 1965, siendo el primer país de Latinoamérica en despenalizarlo. La posibilidad de que una mujer decida sobre su cuerpo sin estar condicionada por su nivel adquisitivo fue profundamente revolucionaria, y un derecho ganado.

Para acceder, hay todo un procedimiento regulado, con tratos individuales para menores de edad —quienes necesitan autorización de sus tutores legales— o para mujeres jóvenes que no hayan sido madres antes o no se hayan practicado nunca una interrupción. 

Existen desde las llamadas pastillas —un proceso menos invasivo, aunque en muchas ocasiones doloroso— hasta la regulación o el legrado, según valore el especialista. En ninguno de estos casos el servicio está sujeto a un precio, solo a condiciones médicas, tiempos establecidos o posibles riesgos para la vida de la mujer. 

Se sabe que Cuba es un país bloqueado, con una crisis actual profunda, que a su vez coexiste con una crisis cultural y un retroceso en muchos logros sociales alcanzados. El aborto no está libre de ello, y aquí lo estamos viendo. Por tanto, hay que defenderlo a como dé lugar y denunciar su mercantilización.

Es importante, además, recordar que en la actualidad este derecho está regulado en Cuba por normas del Ministerio de Salud Pública y mencionado en leyes como el Código Penal, que sanciona su práctica fuera de los lugares establecidos, etc., pero en ningún caso está asegurado como un derecho fundamental en ley o decreto-ley de peso jurídico. Esto lo hace vulnerable en un contexto donde la tasa de natalidad disminuye, la población envejece, y nos encontramos con casos como los de Ana. 

En medio de las crisis, son los derechos de las mujeres los primeros en ponerse en duda. Por eso, es necesario reivindicar la interrupción voluntaria del embarazo, hoy y siempre. Porque somos nosotras las únicas afectadas en este momento, porque pudiéramos estarlo aún más mañana, y porque nuestras hijas y nietas merecen vivir en un mundo más justo, debemos exigir garantías de derecho, respeto, y una Ley de Aborto que brinde más seguridad. Algunos derechos, aunque se entiendan por ganados, no deben dejar de defenderse.

La mujer obrera que no desee maternar y se encuentre ante el «resolver» como única vía, ¿qué hace? Entendamos que esta situación contribuye a abortos caseros, a poner en peligro la vida de cubanas que no tengan acceso a recursos para evitar un embarazo ni para detenerlo, y luego ni para sostener una crianza estable económicamente.

Hoy, como ayer, el principio sigue siendo el mismo: que la maternidad sea una elección, y que sea para todas en igualdad de condiciones. Ese es el país que hay que defender, porque un país donde el derecho a decidir sobre el propio cuerpo se negocia en un pasillo de hospital, no es todavía el país que merecemos. Defender los derechos de las mujeres es también defender la dignidad de la patria.

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