Por Dailene Dovale de la Cruz

«Tres mujeres», de Zaida del Río

El riesgo de mirar por la ventana y quedarse inmóvil es uno de lo más grandes de estos días. Quedarse al margen de la vida. Afuera de Cuba, los vientos se dividen entre la amenaza y la agresión, entre el odio y las solidaridades. Adentro, en este pecho nuestro, compartido, otras fibras se renuevan. Hay una resistencia que se romantiza y se vive y se crea, a veces todo a la vez. De todos modos, confío, en que es mejor salir de la ventana, arrancarle al cuerpo salud para salir a sentir, compartir este destino común que se canta, se vive, se escribe y, al final, en muchas ocasiones ni se entiende.

En lo que ocurre, la primera reacción es buscar en la poesía aquellos resortes que en la realidad no se encuentran con facilidad. Poetas cubanas, dominicanas y puertorriqueñas leí este fin de semana: poetas hermosas, de una escritura que sale de cualquier molde, que teje la identidad de caribeñas, de mujeres peregrinas como sus islas. Estas mujeres de sal, mujeres de monte, de malecón y, otra vez, resistencias, parecían hablarme de algo íntimo y profundo. El libro tiene nombre: “Mujeres como islas II. Antología de poetas cubanas, dominicanas y puertorriqueñas”. Siete de cada país. Georgina Herrera, Teresa Melo, Chiqui Vicioso, Myrna Nieves, entre otras.

Hay una puertorriqueña, en particular, con quien siento una afinidad inusitada. “Que salgan las flores aterciopeladas/ del silencio! Que se alce el clamor de los que habitamos el aire/ para detener tanto genocidio/ para rescatar nuestra cuna/ para que no caigan/ más pétalos ensangrentados/ sobre la tierra”. Así lo escribe Myrna Reyes, esa escritora, catedrática e inconforme, como se describe en uno de sus versos, que al leer se vuelve una conversación de amigas, de casi hermanas, que viven y sienten desde el Caribe, luchas con raíces unidas y pesares semejantes.

Hay una nostalgia de porvenires sin cercos que se cuela. Lo hermoso de esa nostalgia es que abre paso a imaginar otras realidades, el peligro es que llegue a inmovilizar. Habrá que sacudir el cuerpo y salir de la ventana. Las poetas así lo alertan, sutilmente, en sus letras. Los porvenires que no se luchan se quedan como paraísos perfectos, pero inservibles, bellos y perdidos.

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