
¿Qué hacemos? ¿Seguimos como expectadores? ¿Dejamos que el Estado se ocupe? Son preguntas claves desde hace un tiempo ya. Una respuesta pasiva sería poco digna de los cubanos en esta hora. Con el ánimo de contribuir a identificar líneas de pensamiento y acción que se correspondan con la coyuntura actual y sus desafíos, compartimos las siguientes consideraciones.
Hoy la tarea central es la defensa de la soberanía y la sobrevivencia de la nación. La cuestión primigenia de si se defiende a la patria o no, es más definitoria que nunca a la hora de deslindar los campos y establecer la correlación de fuerzas. Por eso, debemos trabajar con todo aquel que respalde la voluntad de no claudicar, y, al mismo tiempo, producir acciones y discursos que permitan sumar a los vacilantes y combatir las posiciones entreguistas.
Es probable que el principal escenario de desestabilización política vuelva a estar en las calles y los barrios, en combinación con las redes sociales. Dadas las debilidades acumuladas en estos ámbitos, cada patriota debe convertirse en protagonista o activo colaborador del trabajo en función de la sobrevivencia de las comunidades y de la organización de la resistencia popular, acudiendo a los espacios establecidos o mediante la iniciativa propia.
La atención a las personas más vulnerables debe priorizarse en la práctica. Ayudar a identificarlas y atenderlas, alertar a las autoridades, complementar la labor de los trabajadores sociales, organizar iniciativas solidarias, gestionar donaciones y confrontar la instrumentalización de esas situaciones por quienes respaldan a sus principales causantes, son algunas de las líneas de acción posibles.
Es necesario también arreciar el combate contra la corrupción, el burocratismo, los privilegios, la indolencia y la ineficiencia institucional. En nombre de la unidad no puede acallarse esa lucha, porque son fenómenos que producen frustración, desmovilización, desesperanza y, a la postre, hacen mermar las filas de la resistencia. La unidad mas auténtica es la unidad más sólida frente al enemigo histórico de la nación.
Hoy debemos contribuir desde nuestros puestos de trabajo a la sobrevivencia de las instituciones y a la disminución del impacto económico. Solo así podrá sostenerse y triunfar la política antiimperialista del Estado cubano. Al mismo tiempo, debemos participar en la pugna de sentidos y de cursos de acción que ya tiene lugar, conscientes de que una correlación de fuerzas favorable a la rendición facilitaría la fractura que busca provocar el imperialismo.
Dentro de esa disputa, nunca sintamos vergüenza por no estar dispuestos a mercadear la patria y la dignidad por barcos de petróleo. Frente a las visiones pragmáticas, vale recordar que la naturaleza del imperialismo es contraria al bienestar colectivo. El sentido final de nuestra resistencia es defender el proyecto de justicia social, el proyecto de un país para todos, cuya primera condición es la existencia de la nación y su autodeterminación. Lo que vivimos hoy es apenas una batalla dentro de una guerra más larga, que sintetiza el destino verdadero de todo un pueblo.
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