Foto: Andrés Castellanos

Dentro de la andanada de posicionamientos y reflexiones que ha suscitado el desarrollo de conversaciones con los Estados Unidos, pocos se han detenido a analizar el peculiar tono de las palabras utilizadas por el Presidente a la hora de hacer el anuncio oficial. En comparación con el discurso habitual, y con las intervenciones y tweets de Díaz-Canel en días anteriores y posteriores, hubo una suavización de los términos. La agresión unilateral y genocida, ya secular, apareció bajo el concepto de “diferencias bilaterales”, y se convirtió en uno de los problemas que habría que entrar a “identificar”. La denuncia de la estrategia de cambio de régimen quedó ausente; en su lugar se expresó la voluntad de respetar “los sistemas políticos de ambos estados”. Lo más llamativo fue, sin dudas, que el gobierno cubano busca determinar si el imperialismo tiene disposición para concretar acciones “en beneficio” de ambos pueblos.

En contraste, lo que tenemos por el lado opuesto es la implementación de nuevos mecanismos para asfixiar al país, acompañados de violentas y soberbias declaraciones. El tono conciliador utilizado por el gobierno cubano pareciera estar dirigido a presentar como un diálogo entre iguales lo que en realidad constituye una negociación a punta de pistola. ¿Es ese el enfoque, el discurso, la estrategia correcta ante la situación actual?

Se trata de una pregunta cuya pertinencia se ha debilitado ahora. Es evidente que las conversaciones no avanzan en el sentido que el gobierno norteamericano desea, y por eso incrementa las medidas de aislamiento y asfixia, y por eso contempla opciones distintas a la “toma amistosa” de Cuba. Es decir, que no ha ocurrido ese “sentido de reciprocidad” al que se aspiraba en la nota oficial cubana. No obstante, la concreción de un proceso de negociaciones sigue siendo uno de los escenarios posibles.

La mayor parte de los cubanos coincidimos en que se debe entrar en contacto con el gobierno estadounidense para explorar la posibilidad de negociar el alivio del bloqueo. Las diferencias vendrían dadas por el alcance de los acuerdos, los límites a preservar y la generación de expectativas. En lo personal, no cifro ninguna esperanza en obtener del liderazgo actual de los Estados Unidos un alivio material sin menoscabo de la soberanía y la dignidad de Cuba. Habrá que valorar si algo se pudiera ganar satisfaciendo exigencias que no sean demasiado onerosas. El proceso debiera conducirse sin cruzar líneas rojas, tales como la definición de la Presidencia, la ruptura con potencias aliadas o la mudanza del sistema económico. Lo más saludable sería mantener, en paralelo, la beligerancia del discurso oficial, de la política exterior y de la participación popular. 

Se echa en falta en este momento la movilización antiimperialista del pueblo de Cuba. Las circunstancias son difíciles, pero se pudieran desarrollar iniciativas concretas, localizadas, dosificadas y bien organizadas. Manifestaciones para denunciar el cerco petrolero, canciones protesta, cartas de los pioneros cubanos, tribunales de los pueblos y otras tácticas  —como la de entregar una AKM a Silvio– pudieran llevar un mensaje al mundo y mantener la moral combativa en alto. Si esto viniera acompañado de una profundización de la lucha contra los males internos, las convocatorias serían más efectivas. El trabajo de hegemonía política, cultural y simbólica es tan importante hoy como la sobrevivencia material. Es necesario desarrollar las prácticas que permitan canalizar la rabia hacia nuestros mayores verdugos. De lo contrario, la gente seguirá culpando al gobierno cubano de toda su situación.

Durante los días en que se confirmaron las conversaciones, no solo se utilizó un lenguaje abstracto en el anuncio oficial, sino que también se dieron indicaciones veladas para bajar el perfil de la confrontación a nivel público, como se manifestó en la suspensión de la presentación del libro de Hedelberto López Blanch sobre Marco Rubio. Salvando las distancias, algo parecido ocurrió a mediados de la década pasada, cuando se le permitió a Barack Obama pasearse por el país más antiimperialista del mundo sin gritar una consigna, y se le abrieron los micrófonos para que influyera sobre el alma y la mente de los cubanos. Renunciar a la disputa antiimperialista explícita frente a Donald Trump sería incluso peor, porque significa tolerar la humillación.

Dado el disciplinamiento logrado por Estados Unidos a escala mundial, la movilización antiimperialista nacional e internacional, institucional y popular, política y simbólica, defensiva y transformadora, es la carta de salvación de la Revolución Cubana. Puede llegar a cumplir una serie de funciones estratégicas: catalizar el respaldo de los pueblos y de países aliados; balancear la correlación de fuerzas ante el incremento de la protesta social, contrarrestar el debilitamiento hegemónico en un proceso de negociaciones, y establecer que la rendición no es un escenario posible, con lo cual se “pasa la bola” a la cancha del enemigo, que se verá obligado a lidiar con la situación provocada a 90 millas de sus costas. Paradójicamente, nuestra forma de sobrevivir es estar dispuestos a morir por la patria. Ese es el mensaje que no puede faltar mientras se conversa. Los patriotas cubanos somos menos que antes, pero tenemos más firmeza y estamos mejor organizados que otras fuerzas internas. Corresponde a los dirigentes cubanos estar a la altura de su principal arma. El desafío es doble, pues corre el 2026: no podemos dejar morir a Fidel en el año de su centenario.  

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