Por Freiddy Escalante
Dicen que las mejores historias comienzan con un café, y esta no es la excepción. La ReSistencia nació como un proyecto cultural, con la nueva trova santaclareña como asidero para resistir al mercado del arte, ese que hoy se mueve por consumos simples y banales, marcados por el ritmo contagioso del dembow, el reguetón y, más recientemente, el reparto.
Éramos cuatro muchachos intentando rescatar en la comunidad universitaria la trova y esas noches de guitarra que vivieron nuestros profesores, y que nosotros solo podíamos imaginar, por la ausencia de guitarras y juglares, y el exceso de bocinas y bulla. Después de tanta planificación, burocracia y errores, logramos sacar la primera peña. Fue un boom total. En la Universidad Central de Las Villas, ninguno de los cuatro imaginó que tendría el alcance que tuvo. Desde ahí comenzó el viaje, una espera de cerca de dos meses.
Después de tanto tiempo y tanta tempestad, logramos sacar la segunda peña, armados solo con una guitarra, unos amplificadores y un micrófono que guardaba más relación con Frankenstein que con la trova. Una vez más, el alcance fue inmenso.
Hasta ese punto solo hacíamos peñas, pero decidimos ir más allá: llevar el arte a las comunidades más lejanas de la geografía villaclareña. Vimos una oportunidad en la recogida de café en Arroyo Bermejo y la aprovechamos. En una de las peñas nocturnas hicimos una campaña de donaciones, recogimos una caja bastante grande para los niños y pobladores de la comunidad, y nos fuimos.
El camino fue largo y duro. Ya no había asfalto —no sé si en algún momento lo hubo—, solo un sendero inclinado, lleno de irregularidades, pero con una vista increíble. Al llegar encontramos una realidad desoladora: cerca de veintitantas casas, de las cuales solo siete estaban habitadas. Las demás, vacías.
Luego del primer día de recogida de café, nos dedicamos a explorar y, a unos ocho kilómetros de ese lugar, encontramos los restos de Sabanita. Un pueblo surgido al calor del Plan Turquino, con casas de mampostería de dos plantas, bodega, consultorio, todo lo necesario, pero con la única belleza de las flores silvestres y completamente abandonado.
Regresamos en medio de una nube, con un clima frío y húmedo.
Seguimos con la recogida de café por las mañanas y la exploración por las tardes, hasta que llegó el domingo.
Ese día repartimos lo que, entre nosotros y el Departamento de Sociología de la UCLV, habíamos logrado reunir. Hicimos un espectáculo de payasos y les tocamos a los niños las canciones infantiles que teníamos preparadas. La única palabra capaz de describir ese momento es sublime. Ese sentimiento de dolor placentero, capaz de desatar la contradicción más bella del mundo en ti. ¿Cómo es posible que gente tan olvidada, en un pueblo a punto de desaparecer, tenga la felicidad que nosotros casi nunca encontramos?
Nos fuimos al otro día, mojándonos en el camión, pero con ganas de volver. Algo que aún está pendiente por la escasez de combustible.
Después de ese viaje, La ReSistencia comenzó a vislumbrarse como un proyecto comunitario, hecho por trovadores, pintores, poetas y artistas aficionados.
Próximamente sacaremos un pódcast para, desde el terreno que tenemos y como podamos, aportar soluciones a la crisis y cuestionar lo mal hecho.




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