Por Neilán Vera
Dicen que la política es una de las expresiones más cochinas de la vida: demasiada hipocresía, demasiado cálculo, demasiadas traiciones. Pero, aún así, algunos todavía creemos en su belleza, cuando se usa para ayudar a las grandes mayorías o cuando convierte en razón de Estado la decisión de echar la suerte propia con la de los desposeídos y explotados del mundo entero.
No obstante, los que no somos capaces de contemplar la vida «apolíticamente» también tenemos que aguantar un par de arqueadas y sobrellevar el horror y la rabia cuando, entre las grandes alamedas de la política revolucionaria, se abren las cloacas del oportunismo, la sumisión y los golpes palaciegos. Un poco de todo eso nos ha tocado vivir este fin de semana.
Lo reporta alegremente la prensa de las grandes oligarquías a ambos lados del Atlántico: Alex Saab, ex ministro de Industrias de Venezuela, fue entregado este sábado a Estados Unidos, luego de que el gobierno de Delcy Rodríguez decidiera su deportación.
Las fotos lo muestran mirando a cámara, con espejuelos sobre la frente, vestido con un mono gris parecido al que le pusieron a Maduro el día del secuestro. Escoltado por agentes de la DEA y otros funcionarios estadounidenses, Saab aterrizó en el aeropuerto de Opa-locka, en el condado de Miami-Dade, Florida, para ser procesado por el sistema judicial norteamericano.
La decisión de expulsar del país al exministro de Nicolás Maduro fue anunciada recientemente por el Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería de Venezuela, en un comunicado donde también se mencionó la presunta comisión de delitos por parte de Saab en Estados Unidos. No se especifica cuáles, ni si son tan vagos y ambiguos como los que se le imputan al propio Maduro y a su esposa.
Las autoridades de Caracas, en cambio, evitan hablar de «extradición» y tratan de «ciudadano de nacionalidad colombiana» a quien, en los últimos años, ha desempeñado funciones diplomáticas y de gobierno en Venezuela, y por tanto también tiene la ciudadanía venezolana —o la tuvo hasta el ascenso de Delcy Rodríguez.
De cualquier forma, el caso de Alex Saab tiene varios antecedentes que es necesario recordar. En 2020, Saab, un empresario casi desconocido de origen colombiano, fue detenido en Cabo Verde y luego extraditado a Estados Unidos bajo numerosos cargos, pero principalmente por servir como enviado comercial del gobierno de Nicolás Maduro ante otros países. De hecho, en ese momento viajaba con pasaporte diplomático de Venezuela y, por tanto, su detención fue ilegal.
Saab se declaró inocente de los delitos que le imputaban los tribunales yanquis, y el gobierno de Maduro inició una campaña internacional por su liberación, que terminó con un indulto firmado por Joe Biden en 2023.
Tras su puesta en libertad, Saab viajó a Venezuela, donde fue nombrado ministro de Industrias y Producción Nacional, cargo que desempeñó hasta el pasado 16 de enero —13 días después del secuestro de Maduro—, cuando la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, lo removió de sus funciones oficiales.
No ha sido Alex Saab el único ministro de Maduro que Rodríguez relega de su cargo. Desde que la vicepresidenta asumió de manera interina la jefatura del Estado y el Gobierno venezolanos, muchos altos funcionarios del chavismo han sido cambiados de posición o simplemente despedidos, eso sí, con palabras bonitas y gestos de falsa gratitud.
Hasta ahora, muchos lo atribuían a una supuesta estrategia interna de Caracas para contentar a Washington y ganar tiempo, mientras se decidía la suerte de Maduro y Cilia Flores. Pero los acontecimientos de este sábado apuntan hacia un escenario bien distinto: una pugna interna entre dirigentes de alto nivel, donde ya no se sabe quién juega en qué bando ni cuándo ocurrirá la siguiente traición.
Si Alex Saab cometió delitos en Venezuela, lo lógico es que fuera juzgado en Venezuela. Si los cometió en Estados Unidos, en primer lugar implicaría que Maduro y toda su plana mayor —la misma que hoy gobierna Venezuela— mintieron sobre su inocencia. Incluso si ese escenario fuera real, la entrega de Saab resulta un nuevo gesto de sumisión por parte del ejecutivo de Rodríguez, pues nada los obliga a entregar personas a un país con el que no hay tratado de extradición, pero sí una historia demasiado fresca y dolorosa de agresión militar, traición y muerte.
Conviene seguir de cerca esta historia y ver cómo terminará, pero todo indica que no tiene tanto que ver con narcotráfico o delitos de corrupción como con la geopolítica imperial y los ajustes de cuentas internos entre los partidarios de Nicolás Maduro y los elementos del núcleo de dirección del chavismo más proclives a capitular frente a la agenda de la Casa Blanca.
Triste «juego de tronos» protagonizan Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello y compañía. Doblemente lamentable, pues las consecuencias serán pagadas por los millones de venezolanos que lucharon, creyeron y confiaron en la Revolución Bolivariana. Los jefes, no. Más allá de un par de maduristas caídos en desgracia, puede que la mayoría de esos dirigentes sean asimilados por el próximo régimen, como suele suceder.
De cualquier forma, es posible que en Venezuela no se contemple todo esto con la misma estupefacción y el dolor con que se mira desde Cuba. Allá Chávez cuelga de la cruz desde hace demasiado tiempo, se volvió mera consigna electoral y con él murió la vía venezolana al socialismo. Solo quedan sus apóstoles, y ya vemos cuán concentrados están en apuñalarse por la espalda unos a otros.
Entonces, sí: por mucho que a algunos nos apasione la política, algunas veces, como esta, es inevitable que nos provoque náuseas.




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