por Neilán Vera

El pasado viernes conocimos una serie de medidas económicas, anunciadas a la prensa cubana por el presidente Miguel Díaz-Canel. Algunas nos tomaron por sorpresa; otras ya venían en camino y sabíamos que llegarían tarde o temprano.

Aunque puedan representar un cierto impulso para la maltrecha economía cubana —o no— analizarlas en detalle sería un ejercicio inútil, pues todavía falta saber cómo se implementarán… Y la implementación lo es todo, como nos recordaría el inefable Murillo, dondequiera que esté.

No obstante, resulta clarísimo que los últimos anuncios tienen poco que ver con la transición a un socialismo «a la vietnamita», y mucho con unas reformas económicas nacidas de la incompetencia y el excesivo burocratismo. Así, sin rumbo ni brújula, zigzaguea la economía nacional. Si Alejandro Gil prometió llevarnos del punto A al punto B, a estas alturas ya pasamos el Z, seguimos de largo, se acabaron hasta las comas, y las condiciones de vida de la gente siguen sin mejorar.

Sin embargo, efectivas o no, estas medidas nacen igual de viciadas que sus predecesoras, porque no vienen del sentir ni de la sabiduría práctica del pueblo: son hijas de los fríos y ascépticos despachos de la burocracia, y moldearán nuestra vida cotidiana sin que nadie nos pregunte si estamos de acuerdo o si tal vez, solo tal vez, ciertas decisiones sean erróneas y estén condenadas al fracaso.

En última instancia, el rol que nos corresponde parece ser el de descubrir a través de la prensa y las redes sociales las decisiones que, en nuestro nombre y para nuestro bien, tomaron los sabios dirigentes cubanos. Nos toca conocer los hechos consumados, los acuerdos cerrados, las políticas aprobadas por otros… Extraño poder popular es este, donde el pueblo sigue siendo, como diría Eduardo Galeano, un eterno menor de edad.

Por supuesto, no quiero que vengan los yanquis a decirnos cómo vivir, o qué pensar, o con quién juntarnos, pero tampoco aplaudo, ni lo haré jamás, que desde esta orilla los políticos anuncien paquetes y más paquetes de medidas económicas, sin consultar al pueblo, que es el que se sacrifica, el que confía, el que resiste y el que, llegado el momento, pondrá los muertos, si el gobierno estadounidense concreta su agresión militar contra Cuba.

Este pueblo se ha ganado, luego de tanto sudor y tanta sangre, el derecho a decidir por sí mismo, sin tutelas ni paternalismos, los asuntos que le conciernen y le afectan. Para eso era la Revolución; para eso dieron la vida varias generaciones de cubanos; para eso nuestros abuelos estuvieron dispuestos a morir bajo el fuego de los misiles nucleares; para eso nuestros padres sembraron el mundo de solidaridad y dignidad en las más disímiles misiones internacionalistas; para eso seguimos nosotros acá, aguantando y trabajando por la patria, en medio de los apagones, la desesperanza y el adiós de los que deciden emigrar.

Nos merecemos mucho más que otro paquetazo económico, trazado a vuelapluma. Y si no, entonces quitemos de una vez las palabras «poder popular» de las instituciones que hoy las llevan en su nombre, porque el verdadero poder popular implica el empoderamiento de la gente, darles un mayor grado de protagonismo en la toma de decisiones, garantizarles aquella «dignidad plena» de la que nos habló Martí, y luchar hasta el final por la emancipación humana, la paz, la felicidad, la justicia, y por un mundo donde los bancos y las grandes corporaciones transnacionales no puedan destrozar la alegría, el alma y el porvenir de millones de personas.

Conformarnos con menos sería reconocer que la Revolución Cubana, como proyecto político y horizonte de posibilidades, se fue y no volverá jamás. Permitir que nuestros servidores públicos arrien una a una las banderas de la dignidad, porque piensen que no hay nada que hacer frente al gran capital, será aceptar que la resistencia armada de los cubanos contra Estados Unidos, si llega a ser necesaria, no tendrá como fin defender la soberanía del pueblo, sino garantizar la continuidad de un Estado y de sus funcionarios. Y eso resulta un incentivo demasiado pobre para que alguien arriesgue la vida.

Si hoy atravesamos el momento más crítico y definitorio de la nación; si está en juego la propia existencia de Cuba como país libre e independiente, lo mínimo que podríamos esperar de nuestros líderes es que nos tengan en cuenta para el ejercicio de gobernar, del mismo modo que nos tendrán en cuenta cuando haya que empuñar las armas contra el agresor.

La gente necesita oxígeno para resistir y esperanza en que todavía es posible un futuro mejor. Pero para eso hace falta algo más que promesas vagas, discursos insípidos y un montón de burócratas administrando el cuerpo agonizante de la Revolución. Es necesario, urgente, cambiar las formas de hacer política en Cuba y el funcionamiento de unos espacios de participación popular que, a la luz del siglo XXI, son insuficientes y poco útiles.

La hora del pueblo tiene que llegar. Y si no llega, tengan la total certidumbre de que este país —por culpa de Trump y por la ceguera de algunos políticos nuestros— se convertirá otra vez en el gran burdel del Caribe, para disfrute de los yanquis y para vergüenza de todos los cubanos.

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