por Luis Raúl Vázquez Muñoz
Si en plena hora de faena, Bonnie y Clyde se decidieran asaltar un banco en Cuba, de seguro que estarían en un problema. A lo mejor resolvían el embrollo con desenfundar los Colt calibre 38, avisando de que «esto es un asalto, ladies and gentlemen, y no queremos hacerles daño», como se ve en la película de Arthur Penn (1967), protagonizada por Warren Beatty y Faye Dunaway.
Pero el lío estaría en la retirada. «Mira esto, Bonnie. ¿Cómo nos vamos de aquí?», preguntaría Clyde. «¿No podríamos hacer unos tiritos, querido?», propondría Bonnie. «Mira cómo hay gente. ¿Y si no se van? ¿Qué hacemos, dime?», rezongaría el novio. Bonnie a esa hora recorrería con la vista el molote en la puerta. Se fijaría en las miradas, esas que le dirían: «Pasa por aquí con el efectivo, que tú vas a saber lo que es bueno. Embúllate, dale».
A lo mejor repararía en esa abuela bajita, con espejuelos, que la observaría dándose golpecitos en la mano con una sombrilla y que con el rostro bien firme, sin mediar palabras, avisaría: «¿Asustando con esas pistolitas? ¿A nosotros? ¿Con apagones? ¿Y ahora que una tiene que ir a la mipyme? Miren, no jodan: hagan la cola y recojan los 2000 pesos como todo el mundo».
Y después que pidieran el último, y que Clyde le entrara a mordidas al sombrero porque la gente se les estaba colando y luego de que a Bonnie le metieran un agitón por hacerse la dura, los dos se preguntarían: ¿qué falló en el asalto? La respuesta estaría a mano: fallaron por no pensar con resistencia creativa y, mucho menos, porque no hicieron un buen diagnóstico ni aplicaron los principios de ciencia, tecnología e innovación.
Si lo hubieran hecho, de seguro que el levantamiento de la bibliografía habría indicado que el problema de las colas es muy viejo. Tan es así que las últimas excavaciones arqueológicas confirmaron que los griegos antiguos se habían interesado por las colas en Cuba. Ahí están las pruebas de Carbono 14.
Ellos habían acabado de descubrir la constante de Pi, cuando, embullados por el resultado, intentaron desentrañar el origen de nuestra constante colera. Fue en vano. A Pitágoras se lo llevaron para un psiquiátrico y Arquímedes, el pobre, se murió sin conocer cómo hemos aplicado sus principios de la palanca.
El otro problema es que los bancos ya no dan pena, sino lástima. Y eso es otro tema que Bonnie y Clyde hubieran descubierto de haber utilizado el método histórico-lógico. Desde hace un tiempo para acá, a esas instituciones las han recargado con una cantidad de trámites que por Dios, la vida. A modo de consuelo, si es posible, vale aclarar que no han sido las únicas. Ahí están los trámites en la Vivienda, las notarías y el Registro Civil.
Pero el de los bancos tienen sus colores. Si vas a sacar un crédito, debes llenar más planillas y aportar más datos que en una funeraria. Un financiamiento agrícola exige más papeles que un doctorado. Es que para activar el Transfermóvil o cambiar la línea sobre la que funciona la aplicación, hay que ir al banco. Un día en específico. A una hora indicada. Y con una cola que se las trae. ¿Será porque nos quieren tanto? De verdad: hay amores que matan.
Lo que ocurre, sin embargo, es que aumentaron los trámites, pero no creció la infraestructura para soportar ese número de obligaciones. Ni creció el personal, ni aparecieron nuevas sucursales. ¿Con qué recursos?, nos preguntarían. Con los mismos que aparecen a última hora y a toda carrera, cuando el problema llenó el bote por la falta de previsión.
Porque detrás de esas colas bancarias hay otras evidencias más calladas, pero bien incisivas. Ellas son la muestra de un monto financiero que no llega a la economía por las obstrucciones en el diseño y la concepción de los servicios. ¿Cuánto tiempo llevamos haciendo las mismas cosas cuando los tiempos han cambiado? Ese horario de servicios, ¿es pertinente en épocas de apagones y todo lo demás que a ello se le suma?
Hoy los portales de esas instituciones constituyen una zona de sufrimiento, a contrapelo de los deseos de los trabajadores bancarios, que también padecen lo suyo. Ojalá que a alguien se le encienda un bombillo, aun con un panel solar, y se cambie todo lo que debe cambiarse. Ojalá se convoque una reunión de urgencia para que esos ancianos, jubilados, los héreos callados de este país, el nuestro, no pasen por los actuales calvarios. Muchos lo agradecerían y puede que hasta Bonnie y Clyde se la pensarían mejor cuando fueran a asaltar un banco en Cuba.




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