| Colectivo Editorial Punto y Aparte

foto: Andrés Castellanos

Un fantasma recorre Cuba. Se le aparece a la gente en cualquier cruce de caminos, les murmura ensalmos de igualdad y, de vez en cuando, saca unos cuantos sustos a los ricachones. Unas veces lleva martillo y hoz, otras machete y sombrero de yarey. También se le ha visto con un pañuelo violeta al cuello, o con casco de minero, o poncho y Wiphala, o vistiendo un pulóver con la imagen del Che.

No es un fantasma aterrador, sino el anuncio de un mundo nuevo, y como tal, trae a quien desee oírlo la promesa de un futuro sin cadenas ni odios, sin hambre ni guerras… El problema es que algunos se hacen los sordos para no escucharlo.

Viaja peregrino y ligero por los rincones olvidados de Cuba. Su cuerpo de ectoplasma se aviva con el calor y el humo del carbón de los barrios marginales, con el zumbido de las escuelas y con el trabajo de millones de obreros que construyen sobre sus hombros el progreso de la patria. En cambio, se vuelve frío y áspero en las fiestas opulentas de una burguesía recién parida, que no puede disimular ni bañándose en billetes extranjeros su vulgaridad, insipidez e incultura.

Hace pocos días nuestro fantasma anduvo por las calles de La Habana, se encontró de pronto frente al Palacio de las Convenciones, pero no pudo poner sus espectrales pies dentro del recinto. Por algún extraño exorcismo de buró, los fantasmas parecen no ser bienvenidos allí, pues interrumpen la paz oficinesca de las reuniones.

En realidad, no parece sencillo defender a este buen fantasma. Sobre su causa han vertido toneladas de basura y miedo. ¿Quién querría conceder al menos un pequeñísimo vaso espiritual a un ser tan olvidado? ¿No dicen nuestros «Chicago Boys» criollos que el mercado es la solución de todo? ¿Qué puede esperar un fantasma que habla de principios, de equidad, de justicia social, en un tiempo donde han sido arriadas tantas banderas?

De cualquier forma, que los partidarios de este fantasma no hayamos sido capaces de dar hasta ahora una respuesta coherente y eficaz ante un largo y gradual proceso de restauración capitalista dice tanto del momento político que vive la isla, como del recién anunciado paquetazo económico del gobierno cubano, o las amenazas de guerra y muerte que nos lanzan desde el otro lado del estrecho de La Florida.

Como sea, parece que la mayor parte de los actores políticos del país están encantados con el último paquete de medidas. El Comité Central del Partido y la Asamblea Nacional del Poder Popular le dieron su visto bueno con rapidez. La prensa estatal lo saludó soviéticamente. La otra prensa, la de los malos, dice que no es suficiente, que hay que aprobar reformas políticas. Hugo Cancio teclea su satisfacción en OnCuba. Israel Rojas tararea aquello de “no me regales más nada, déjame ganármelo yo”. Y, en general, parece haber consenso en torno a la reimplantación de un capitalismo puro y duro, que promete por ahora respetar la gratuidad de la educación y la salud.

No pregunten qué piensa el pueblo de todo esto, cuáles medidas apoya y cuáles otras lo sumen en la incertidumbre, porque nadie se ha detenido a pensar que tal vez deban ser los millones de cubanos que afrontan hoy las vicisitudes de la vida cotidiana los que tengan la última palabra con respecto a estas medidas.

Como sea, asombra la prisa con la que fueron tomadas estas decisiones. El viernes 12 el Presidente de la República anunció a la prensa que habría nuevas medidas económicas, el miércoles 17 un paquete de 174 propuestas fue sometido al análisis del Comité Central del Partido y el jueves 18 el parlamento cubano también lo refrendó. En solo seis días se rediseñó el futuro de Cuba, y se aprobaron políticas que cambiarán para siempre nuestra sociedad, en formas que todavía no comprendemos del todo. Al séptimo día, como Dios, nuestros reformistas descansaron satisfechos: rehicieron un país a su imagen y semejanza.

En realidad, no todo está terminado. Aún falta que el grupo de las 174 medidas se traduzca en normas jurídicas, que estas entren en vigor, y que si comienzan a salir mal el Estado no dé marcha atrás a unas cuantas, o simplemente las engavete, como ya hizo con tantas otras “soluciones” para fortalecer la agricultura, eliminar distorsiones económicas, y un gran etcétera.

Los que ya llevamos algún tiempo siguiendo los vaivenes de la política nacional, y creemos que esta debe servir al pueblo y no aprovecharse de él, observamos estas nuevas medidas con bastante escepticismo. Por un lado, dependen de que Estados Unidos las acepte o, como mínimo, decida no chantajear económicamente a los posibles inversores.

Por otro, incluso si las medidas se aplican con eficacia, y si Trump y compañía no las sabotean, queda la pregunta de cómo se mantendrá en pie el proyecto político de la Revolución Cubana en un país cada vez más polarizado, dividido, exhausto, que quizá esté a punto de experimentar un shock económico —si es que esto de los últimos meses ya no lo es.

¿Qué pasará cuando los capitalistas que inviertan en Cuba —y los que han surgido acá, amamantados por el Estado cubano— decidan utilizar su influencia económica para forzar al Gobierno y a la dirección del Partido a tomar decisiones que solo beneficien a unos pocos y vuelvan aún más precarios los derechos de la clase trabajadora? ¿Quién o qué nos asegura que un grupo de políticos cubanos, indigestados por las “mieles del poder”, no decidan que es mejor convertirse ellos mismos en capitalistas y pongan en marcha su propia perestroika?

Por supuesto que Cuba necesita cambiar profundamente, que las empresas, la agricultura, las políticas sociales, no pueden mantenerse únicamente con buenos deseos: necesitan recursos materiales. Y estos, en el contexto de aislamiento que vive hoy el país, solo pueden venir de la cooperación y la interrelación con el sistema capitalista mundial.

Los viejos teóricos marxistas decían, y la realidad se empeña en demostrarlo, que no se puede construir el socialismo en un país solo, pues ese horizonte de reivindicaciones que avizoraron Karl Marx y Friedrich Engels tendría que ser, necesariamente, un modelo global que se alce sobre los cimientos del capitalismo, en todas las naciones y para todos los hombres y mujeres del mundo.

La Revolución Cubana no construyó ni construirá jamás, por su propia cuenta, el socialismo. Hacia este se alzará la Humanidad entera, o morirá la especie por los estragos del cambio climático o de un invierno nuclear —o nos salvamos todos, o no se salva nadie—. Mientras esa revolución socialista internacional no se dé, los cubanos solo podremos maniobrar para mantener y perfeccionar un proyecto de país que persiga la mayor cantidad posible de justicia social, prosperidad y felicidad, pero que tendrá que convivir con las lógicas del capitalismo dentro y fuera de sus fronteras nacionales.

No obstante, no es lo mismo “convivir con…” que “postrarse a los pie de…”, y en esa diferencia de significados está la encrucijada ante la cual se encuentra Cuba. En los próximos meses y años seremos testigos del renacimiento de la banca privada; la compra y la venta de acciones de las empresas estatales; el surgimiento de las grandes empresas privadas; la subida de las tarifas de la electricidad, el agua, el combustible y el transporte público; la devaluación del peso cubano; la liquidación de las empresas estatales que no logren resistir el nuevo escenario; el incremento de la dolarización de la economía… Y, la verdad, todo esto se siente como un tremendo vértigo en el estómago, o como cuando te asomas al vacío.

Nos piden confianza en el éxito de las medidas, pero a esta altura nadie sabe de dónde sacarse otro pequeño gramo de fe. ¿Confianza? ¿Los que creímos que el Octavo Congreso del Partido rompería para siempre con los vicios y el burocratismo de nuestra vida política? ¿Los que estábamos convencidos de que la Tarea Ordenamiento enderezaría las torcidas espaldas de la economía? ¿En quién confiamos los que ya hemos dado nuestro voto de confianza a cada medida gubernamental de la última década? ¿Dónde pedimos prestado otro poco de optimismo para cerrar los ojos, llenarnos el pecho de esperanza y decir bien bajito, pero con la mayor de las certezas, “¡Esta vez, sí!”?

A estas alturas sería tremendamente cínico pedirle confianza a la gente. El único pedido digno que se le puede hacer al pueblo es que trace con su propia mano los cambios que inevitablemente vivirá la patria. Que participe como protagonista, y no como doble de acción.

Esa participación, por supuesto, implica que la decisión final ante cada medida sea exclusivamente del pueblo: llevar a consultas las nuevas propuestas, enriquecerlas con los criterios salidos de los barrios y los colectivos laborales, y también someterlas —claro que sí— a referendo. Puede parecer cansón que repitamos la misma idea como un disco rayado, pero ya que pocos se preocupan por este asunto —el de la participación popular— nos perdonará el lector nuestra insistencia.

A los partidarios de la Revolución nos espera un duro camino por delante, si tenemos en cuenta que al movimiento político cristalizado por Fidel Castro hoy lo intentan desmontar desde dos frentes distintos. Por un lado, muerde el mismo sector contrarrevolucionario que espera, con la ayuda de Estados Unidos, regresar el país a 1958. Por otro, la burocracia nacida de la Revolución hace todo lo que puede por descafeinar el sistema que administra, y convertirlo en una especie de capitalismo nacionalista, como hacen sus colegas de Caracas y Managua.

Pero la gente de este país siempre ha sido mucho más grande, heroica y resiliente de lo que pudieran imaginar quienes no la conocen bien. Ante cada nueva crisis, surge el empuje incansable del pueblo, y con él, nada está perdido.

Frente a estas reformas capitalistas, quienes aún militamos, creemos y nos sentimos parte de la Revolución tenemos el deber histórico de utilizar todos los medios legales, comunicacionales y organizativos permitidos en el orden jurídico del país para que estas medidas no abran paso a otras más vergonzosas y destructivas, para que puedan ser revertidas el día que cesen los motivos por los que supuestamente fueron tomadas, para que se cumplan a cabalidad todas las propuestas de atención a personas vulnerables con las que intentaron endulzar el paquetazo, y para que sea elaborada y aprobada una Ley de Participación Popular, que regule, impulse y establezca nuevos mecanismos de participación y control en las circunscripciones y consejos populares, en los centros laborales y educativos, en las organizaciones políticas y de masas, en las máximas instancias del Estado y en todos los espacios posibles.

Ciertamente, ese sería un escenario que aborrecerían por igual los nuevos ricos y los viejos burócratas. Y si ellos lo detestan, por algo será. En el fondo, ese es el único y verdadero fantasma que aborrecen las clases parásitas de toda región y época: ese espectro sin rostro, condenado a vagar por siempre entre hilanderías y cadenas de montaje, entre las tragedias y las alegrías de los trabajadores, alimentado por sus iras y sus sueños…

Ese fantasma que recorre el mundo nos recuerda hoy —y desde hace casi dos siglos— que la historia humana es el interminable relato de la lucha entre explotados y explotadores. Y por mucho que algunos intenten desterrarlo, él seguirá mirándonos atento, silencioso, aparentemente muerto, hasta que llegue el día en que la injusticia y el dolor echen a andar otra vez la rueda implacable de la Historia.

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