Intervención de Luis Emilio Aybar en el Coloquio Internacional “Fidel: legado y futuro”, el 11 de agosto de 2026.
Venía pensando en cómo enfocar la intervención y me di cuenta de que en eventos como este solemos hablar mucho de sus aportes o de cuán presente está su legado, y poco de cuánto nos falta de Fidel hoy. Por eso decidí focalizar los aspectos problemáticos y contradictorios de la realidad cubana. Se llama “Diez formas de desFidelizar a Cuba”. Comencé a escribirlo esta mañana y sólo llegué hasta el punto nueve, pero lo importante es abordar una serie de prácticas sociales e institucionales que pueden influir en que Fidel deje de ser un factor revolucionario en nuestro país.
1
Reducir a Fidel a una emoción, volviendo prescindibles y desconocidos su pensamiento y su praxis. El recordatorio y la celebración nos llenan de lindas sensaciones, pero limitarnos a eso significaría que dejemos de aprender de él y de guiar nuestros pasos.
2
Adjudicarle exclusivamente a Fidel las creaciones del pueblo de Cuba. Cuando hablamos como si todo lo hubiera hecho él, olvidamos que Fidel es la síntesis de un proceso social, el símbolo de una capacidad colectiva, y desconocemos lo más importante: que esa fuerza sigue latente en el pueblo de Cuba, es decir, en nosotros mismos.
3
Tratar a Fidel —y al proceso revolucionario que lideró— como algo tan extraordinario y excepcional que se convierte en un fenómeno imposible de re-crear, como una cúspide a la que nunca volveremos a llegar, como un legado intraducible para el actual contexto. Así, Fidel se vuelve pasado.
Esto se encuentra relacionado con la tendencia a considerarlo como algo sobrenatural y omnipotente, destinado a alimentar la emoción y la nostalgia. En el fondo, vaciamos a Fidel de pueblo, y al pueblo de su autoestima y de su fuerza.
4
Paradójicamente, hay un discurso que afirma todo el tiempo que Fidel es presente, que Fidel está en todos los actos del gobierno y que vive en su pueblo. Es una forma de legitimación del poder establecido con la que se debe tener mucho cuidado.
No se le puede poner el manto de Fidel a prácticas y visiones que en realidad lo niegan. Hay que combatir el uso oportunista de Fidel, lo que implica combatir esas prácticas y visiones, cuyo ropaje fidelista nace de la enorme hegemonía alcanzada por la Revolución en el imaginario colectivo. Por eso, no podemos perder de vista que ninguna forma de transición capitalista, ni ninguna práctica corrupta o burocrática, dejará de usar a Fidel como vía de legitimación en las actuales coordenadas políticas de Cuba.
5
El purismo, sin embargo, tampoco es fidelista. Vale recordar aquella fórmula del concepto de Revolución, que junta en una misma oración el realismo y la audacia. Fidel fue un maestro de los repliegues tácticos, a los que subyacía un reconocimiento de las condiciones objetivas, sin someterse a ellas. Su gesto revolucionario fue admitirlos como tales, es decir, como repliegues, retrocesos, derrotas coyunturales.
Desde ese punto de vista, sería un error presentar la ampliación de los factores antagónicos como avances y elementos propios del socialismo. Frente a este tipo de discurso, Fidel siempre será incómodo, porque encarna la lucha secular contra el capitalismo, el imperialismo y toda forma de dominación.
Un Fidel maleable y terapéutico es el síntoma de un vaciamiento ideológico. Considero que el discurso armónico y triunfalista sólo tendrá el efecto de incrementar el impacto ideológico de las actuales políticas de liberalización. Un resultado diferente sería posible si el discurso oficial asumiera la contradicción, y si logramos vencer a los enfoques economicistas en la disputa sobre el socialismo.
6
La crisis actual es el fruto de las agudas restricciones geopolíticas con las que siempre ha tenido que lidiar el proceso revolucionario cubano. Frente a ellas, Fidel optaba por contrarrestar nuestra pequeñez con el crecimiento de nuestro liderazgo y la articulación eficaz con gobiernos y pueblos. Así, Fidel producía avances y resistencias en las batallas hegemónicas a nivel global.
En contraste, durante las últimas dos décadas la proyección internacional de la Revolución se ha subordinado a la política exterior del Estado cubano, centrada en la adaptación y la sobrevivencia. El resultado es contradictorio. Cuba ha quedado, en realidad, más vulnerable, al disminuir su activo papel en la modificación de la correlación de fuerzas a escala internacional.
7
Es probable que la igualdad haya sido el principio más defendido en la práctica por Fidel, por motivos ideológicos —todos tenemos derecho a una vida digna— y por necesidades políticas —la desigualdad fractura la unidad—. Luego vino la lucha contra el igualitarismo, para lo cual se echó mano al término equidad. En realidad, la combinación de igualdad y justicia, con significativas realizaciones durante la Revolución, era suficiente para atender y explicar los problemas del igualitarismo.
Lo que nos interesa resaltar es que la igualdad se volvió casi una mala palabra por varios años, hasta que el pueblo la ha vuelto a rescatar en medio de esta profunda crisis. La lucha contra el igualitarismo refleja disputas sobre qué políticas universales debemos mantener, cómo debe ser la remuneración del trabajo en un contexto de baja productividad, qué grado de concentración de propiedad y de riqueza es inevitable, etc.
No podemos afirmar que esos asuntos estaban resueltos cuando Fidel dirigía el país, pero hoy más que nunca necesitamos de su defensa estratégica de la igualdad y, sobre todo, de sus realizaciones prácticas.
La desigualdad produce y naturaliza la desigualdad, la exclusión y la pobreza. El crecimiento paralelo de los carros lujosos y de los mendigos en La Habana son dos caras de una misma moneda. Fidel muere mientras normalizamos esa realidad y mientras escuchamos sin asombro que los nuevos capitalistas van a producir más para repartir mejor. Es fundamental entender que el proyecto de una vida digna para todos dependerá de nuestra capacidad para organizar con igualdad y justicia el proceso mismo de creación de riqueza.
8
Cuando Fidel veía que faltaban fuerzas para lograr una determinada transformación, apelaba a la fuerza del pueblo. Por eso nuestro Estado siempre fue un Estado-movimiento social.
El agotamiento provocado por la intensidad movilizativa de la Batalla de Ideas dotó de respaldo social a la relativa desmovilización y al predominio de la racionalidad administrativa que tuvieron lugar durante el gobierno de Raúl Castro. En ese período se profundizó la rutinización y burocratización de las organizaciones de masas.
Puede afirmarse que hoy se ha recuperado el impulso al protagonismo popular. La pregunta es por qué no se logra la misma masividad que antes. Me inclino a pensar que, entre otros factores, la respuesta está relacionada con el objeto de la movilización y con su efectividad.
La movilización de tipo antiimperialista tiene límites: en el corto plazo, es poco lo que puede hacer el pueblo de Cuba para modificar el bloqueo. De otra parte, la movilización en respaldo al gobierno es solo eso, una movilización de respaldo. En cambio, la movilización para combatir las tendencias negativas de nuestro Estado abriría nuevas posibilidades, porque existen muchos fenómenos que está en nuestras manos transformar.
Desde mi experiencia como delegado, puedo decir que el pueblo se moviliza cuando están en juego sus problemas y necesidades sentidas. Sin embargo, es necesario crear las armas para que su participación sea eficaz, para que pueda vencer a los privilegios, las corruptelas y las manquedades. Ese es el acto inaugural de la Revolución y el gesto preferido de Fidel: la transformación del estado de cosas mediante la fuerza popular, en un sentido justiciero. A partir de ahí, cobró sentido todo lo demás.
Estoy seguro de que, si asumimos a plenitud los males internos y dotamos al pueblo de un verdadero poder, la movilización antiimperialista y en respaldo a la Revolución se verán revitalizadas.
9
Hoy predominan expresiones de marcado fatalismo. “Ya estamos llegando a la opción cero”, anuncia una vecina en la calle. “Algo hay que hacer”, se razona cuando se están cruzando ciertas líneas rojas. “Fidel montó sobre Fidel un día”, dice, en cambio, el poeta, y yo lo interpreto como que no podemos rendirnos ante las circunstancias y que esa actitud empieza por uno mismo.
En realidad, ya el pueblo de Cuba creó su respuesta para las situaciones límite. Nuestra disposición a morir es nuestra principal arma. Yo les pido, camaradas de otros lares, que no dejen a Cuba sola en su actitud de Patria o Muerte. Para ello existen dos tipos de solidaridad, una directa, mediante el apoyo material, mediático y político, y otra indirecta, que es hacer las revoluciones e impulsar los procesos progresistas en sus países. Combinarlas sería, sin dudas, la forma fidelista de ayudar a Cuba.
Posdata: A la hora de transcribir estas líneas para su publicación, quise incluir el décimo punto, pero luego pensé: lo mejor es que la décima forma de desFidelizar a Cuba no dejemos que se escriba nunca.




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